sábado, 31 de enero de 2015

papá

el recuerdo más viejo que tengo es entrar a una casa desconocida, y que me presenten a más hermanos de los que me habían contado, o advertido. En ese recuerdo lejano, aparece, por primera vez, la imagen de mi papá. Cubierta de amor.
tengo 6 años.
Antes que eso, sólo recuerdo sombras. Intentar dormir y sentirlo en el sillón de casa, mirando TN. Llegando en la mitad de la noche para traer regalos, para sentarse y verlo mirarnos jugar. En medio de la noche, vestidos para dormir. O la tarde en la que me pidió los botines que ya me quedaban chicos para dárselos al hijo de un amigo...
Entré lento, tímido, a la casa alta. Miles de hijos de papá me esperaban. También estaba Flor, que era otra hermana, no sé por qué. La imagen de papá, muy alta, sonriente, de barba, caminando hacia ¿mi madrastra? Tomar la leche y ser feliz, con ellos, siempre uno más entre los hijos de papá. Miles de nombres, miles de apodos, miles de anécdotas, miles de nombres. Los juegos, los (mis) llantos: el grano en la tormenta de arena no se ve ni se siente. Papá se va en un auto rojo, y saca la mano izquierda, levanta el pulgar para saludarme. El dolor de un nene es un holocausto de bolsillo. La confusión es un microcosmos. Atardece y él no aparece, por la misma calle, no vuelve más. Su imagen limpia, liviana, sin mis celos, sin mi anhelo, sin la fascinación, sin extrañarlo, sólo la imagen, o sólo el amor, nunca estuvieron. O se habían ido para siempre.
  Después la Razón. Entenderlo. Enojarme. Amarlo. La ruta dos enorme, la Ford 100 descompuesta. Un casette de Let It Be sonando y nuestra fascinación común por los beatles. Caminamos juntos  buscar un mecánico, el calor. Y no me acuerdo más. Le mentimos a mamá y que quedé una noche más. Su imagen, la felicidad, la consciencia del tiempo como una tormenta, mi cuerpo como una tormenta que me arrasa. La ruta en la noche y sus historias, sus consejos, una vez, por primera y única vez, sólo para mí. No estoy mendigando tu amor,
La adolescencia, la distancia. La literatura, la pintura. Lentamente alcanzo tu imagen. Tomo,  centímetro a centímetro, tu cuerpo. No puedo alcanzarte en mi infancia. Pensé que te perseguía, era al revés. La noche es larga y dolorosa cuando hay tiempo. cuando el tiempo sobra. Nunca nos sobró el tiempo, ahí, capaz, a veces, en medio del río de nuestras miradas, se asomó una tibia felicidad. Una felicidad hermosa como tu boca, como tu sonrisa, tu barba, tu silencio o tus mentiras.
 Todavía remo en mí hacia tu imagen. Mi cuerpo se deforma, se rompe. Si algún día te alcanzo, no va a ser como cadáver, sino como una sola fiel imagen: tus palabras, tu altura, y más que nada tu mirada van a ser la mía, y no te voy a extrañar más, y por fin te voy a alcanzar. Porque tu vejez va a ser mi infancia, y mi infancia es tierra inexplorada, inalcanzable, inextricable. Quiero perderme en ella para rescatarte, para no perderte en la bruma del mar, de mis mañanas olvidadas.

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